Más allá del ordenador somos capaces de afrontar nuestros miedos.


¿Realmente solo somos un ordenador?



Durante más de dos siglos, numerosos expertos, han intentado resolver el fascinante y complejo enigma de la mente humana. Las preguntas sobre qué somos, por qué estamos aquí y cómo nos relacionamos con el mundo nos han impulsado a buscar respuestas desde diferentes puntos de vista. A mediados del siglo XX, la ingeniería entró en juego, proponiendo que los seres humanos funcionamos como ordenadores, procesando información de manera lógica y racional, como si nuestra mente fuera una máquina que resuelve problemas, al estilo de un juego de ajedrez.

Esta idea trajo grandes avances en áreas como la robótica, la automatización y la realidad virtual, pero también dejó una duda importante: ¿realmente hemos entendido bien lo que significa ser humano? La visión de la mente como una máquina racional tiene sus límites, ya que no tiene en cuenta el papel fundamental del cuerpo en nuestras experiencias y pensamientos.

Con el tiempo, la ciencia cognitiva comenzó a alejarse de esta metáfora. Pensar en la mente humana como un simple ordenador ha resultado ser demasiado reduccionista. Hoy en día, la ciencia cognitiva busca integrar distintas disciplinas y reconoce que la percepción está estrechamente relacionada con la acción. Nuestro cuerpo no es solo el instrumento que sigue las órdenes del cerebro, sino que es un punto clave en cómo experimentamos y entendemos el mundo. Un buen ejemplo de esto es el experimento de la mano de goma, donde una persona, al ver una mano falsa recibir estímulos táctiles, siente que su propia mano está siendo tocada. Esto muestra que el cerebro construye nuestra realidad, fusionando lo que vemos con lo que sentimos en nuestro cuerpo.





Además, tomar decisiones no se basa solo en lógica y razón. Las emociones, el cansancio o la pereza afectan nuestras elecciones. Mientras que un robot seguiría un conjunto de reglas para decidir, los humanos, a menudo, rompen ese equilibrio a través de factores emocionales. La ciencia cognitiva tradicional se ha centrado en tareas específicas, como resolver problemas o tomar decisiones racionales, pero ha ignorado la importancia de la creatividad, el juego y la espontaneidad, que son parte fundamental de lo que somos. El juego, por ejemplo, es una actividad abierta en la que surgen nuevos significados y metas, algo imposible de explicar solo con algoritmos

Otra idea equivocada es la de pensar que el cerebro controla nuestro cuerpo de manera estricta, como si fuera una central que da órdenes a cada músculo. En realidad, aprendemos a actuar haciendo las cosas. Un artista, por ejemplo, mientras dibuja, no solo sigue una imagen mental, también interactúa con el movimiento de su mano y las sensaciones que experimenta al dibujar, lo que hace que esa acción sea única.


En resumen, la mente humana no es un ordenador. Es un sistema mucho más complejo, donde nuestras emociones, nuestras percepciones y nuestro cuerpo interactúan constantemente. Este enfoque abre un nuevo camino para la ciencia cognitiva, que deberá abandonar las fronteras entre disciplinas y adoptar un enfoque más amplio, que combine tanto las ciencias lógicas como las ciencias sociales y humanas. Este futuro de la ciencia cognitiva no solo estudiará el cerebro, sino al ser humano en su totalidad, en su biología, sus emociones, su entorno social y su cultura.

Este tema es muy interesante porque nos hace reflexionar sobre cómo entendemos la mente humana. Durante mucho tiempo, hemos intentado explicarla con metáforas como la del ordenador, pero esta visión es muy limitada. Al ver el cuerpo como parte fundamental de nuestra forma de pensar, podemos entender mejor cómo actuamos y procesamos la información. El reto para la ciencia cognitiva en el futuro será unir diferentes ámbitos para estudiar al ser humano en su totalidad, lo que podría cambiar nuestra forma de ver tanto la ciencia como a nosotros mismos. Este enfoque que reúne diferentes campos nos da una gran oportunidad para conocer mejor quiénes somos.

¿Nuestros miedos influyen en el proceso?

Gracias a la teoría de la mente encarnada, sabemos que nuestras emociones desempeñan un papel fundamental en la construcción y percepción de la realidad, junto con los estímulos que recibimos de nuestro entorno. Por esta razón, si no somos capaces de gestionar y enfrentar nuestras emociones, somos más propensos a experimentar estrés, ansiedad, entre otros efectos negativos.  Bajo esta premisa, se plantea la posibilidad de enfrentar un miedo presente en nuestro ser con la hipótesis de que, al hacerlo, podríamos llegar a superarlo.

Cuando era niño, me quedé atrapado en un ascensor en el centro comercial. Recuerdo que, de repente, se detuvo y las luces parpadearon levemente. Mi madre intentó calmarme, pero yo estaba asustado y sentía que el tiempo se hacía eterno. Después de unos minutos, el ascensor volvió a moverse y pudimos salir. Esa experiencia me marcó de alguna manera y, desde entonces, usar un ascensor siempre me genera cierta tensión.

Siempre que puedo evitarlo, lo hago. Aunque no siento un miedo absoluto, los ascensores me resultan incómodos. Además, me considero una persona inquieta, así que la idea de permanecer encerrado en un espacio reducido no me agrada. También influye el hecho de que en ninguna de las casas en las que he vivido había ascensor, por lo que nunca me acostumbré a usarlos.

Para hacer el experimento, decidí ir a casa de mi abuela, ya que allí sí hay un ascensor. Sentía nervios, aunque, pensándolo bien, las probabilidades de que se averiara justo en ese momento eran muy bajas. Sin embargo, el hecho de que el ascensor hubiera estado fuera de servicio durante algunos días aumentaba mi inquietud.

La experiencia, en realidad, fue breve. Presioné el botón y, en cuestión de segundos, ya estaba en la segunda planta. No considero que haya sido algo que me hiciera sufrir, pero sí me dejó una lección importante: la mayoría de nuestros miedos no son tan graves como imaginamos.

Aunque enfrentarme a los ascensores me genera cierta incomodidad, si miro hacia atrás en mi vida, me doy cuenta de que constantemente he tenido que superar miedos y desafíos, como un examen complicado o hablar en público. Cada vez que afrontaba una de estas situaciones, la siguiente vez me resultaba más fácil, y la ansiedad disminuía.

Por eso, cuando la vida nos presenta un reto que parece difícil de superar, debemos enfrentarlo. El miedo y la incomodidad son pasajeros, y con el tiempo, sanamos y crecemos a partir de esas experiencias.



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