Las páginas de mi vida

El LIBRO DE MI VIDA 




Hace 16 años nací yo, Pepe, un viernes 14 de noviembre. Hasta lo que recuerdo, mi infancia tuvo momentos muy dulces, aunque también otros amargos. Siempre me han dicho que, durante los primeros años de mi vida, era muy llorón y con pensamientos muy traviesos. La única manera de calmar mi llanto era dando vueltas en coche. Incluso mi madre llamaba a taxis para darnos una vuelta por las calles cuando no paraba de llorar. Mi travesura no veía límites. Cuando caminábamos, todo el mundo se sabía mi nombre, porque mi madre no paraba de llamarme para que parara de correr y esconderme por todos lados, que era otra de mis grandes pasiones.

También recuerdo mucho ir de compras con mis tías y mi hermana. Nunca tardaba más de 10 min en esconderme debajo de la ropa y elaborar las maldades que a mi pequeña cabecita se le ocurrían. Siempre me gustó jugar, correr e ir a todo tipo de excursiones, merenderos y parques. Jamás se me olvidará tampoco el día que me perdí en la playa, que hasta el día de hoy sigue siendo una graciosa anécdota que contar. Viví muchísimas cosas, como aquella feria con mis primos de Galicia, ir al parque Warner con toda mi familia o la cantidad de horas que podía pasar jugando en el mar, uno de mis lugares favoritos en el mundo.

Poco a poco fui creciendo y aprendiendo. Tenía nuevos amigos y experiencias que vivir, aunque muchos de estos amigos no merecían la pena. Respecto a los estudios, era un niño bastante inteligente que no se esforzaba mucho, porque prefería enfocarme en disfrutar y pasármelo bien. Sin embargo, conforme fui creciendo, me centré más en los estudios. Este cambio vino de la mano con la pandemia. Durante la situación crítica que tuvo que enfrentar el mundo, yo maduraba poco a poco. De este mismo modo, adquirí actitudes más adolescentes y una mayor independencia de mi familia, pero siempre teniéndola presente.

Mi hermana, que siempre fue y será un gran apoyo para mí, se independizó para ir a la universidad de Granada. Al principio me resultó triste, porque era algo muy raro y me confundió bastante, pero me fui acostumbrando. Además de que podía ocupar el espacio vacío en la casa para mí, si algo me caracteriza es que siempre intento sacar beneficio y cosas positivas de cualquier situación, aunque al principio me pueda sobrepasar el contexto.

A partir de aquí, llegó una etapa muy bonita y agradable, que no terminó de cuajar por la cantidad de problemas personales que existían en mi vida. Al fin y al cabo, todos tenemos problemas, pero según la edad los afrontas de manera diferente. Centrándonos en lo bueno, llegaron nuevas personas a mi vida y me alejé de aquellas amistades tóxicas. Conseguí nuevos hobbies, como la lectura, la música y la escritura. Además, disfruté al máximo el verano.

Empezamos una nueva etapa, cambio de instituto, de objetivos y de preocupaciones. Definitivamente, un periodo de mi vida que requirió de mucho esfuerzo, pero en la que más aprendí. A pesar de todo, también me llevó a un aprendizaje que jamás hubiera querido tener. Aprendí a despedirme para siempre de mis pilares en la vida, pilares que siempre guardaré en mi corazón. Desde siempre, mi futuro y a lo que quería dedicarme fue cambiando. Alterné de psicología a criminología, y de criminología a derecho. Al final, pensé y me pregunté: ¿por qué no intentarlo todo?

Me decanté por un doble grado de Criminología y Derecho. El lugar que elegía para enfrentarme a este reto fue Granada, porque me parece un lugar lleno de historia, de cultura, de juventud y de hermosura. Por otra parte, ya había ido muchas veces y más o menos conocía la ciudad. En este momento de mi vida disfruté y también me agobié como nunca. Conocí a una cantidad de gente increíble con la que podía actuar tal y como era. Podía salir de fiesta con ellos y también me respaldaban en los malos momentos. Para poder mantenerme, estuve durante un tiempo trabajando de forma intermitente en verano, además de la humilde ayuda que me proporcionaba mi familia y las becas que recibía. Una vez finalizados los estudios, me quedé en Granada porque pude encontrar un trabajo temporal en el ámbito penal.

Sin embargo, no me quedé quieto. Era un momento perfecto para enfocarme en mis gustos y aficiones.
Uno de los proyectos que llevé a cabo fue escribir una novela juvenil de misterio sobrenatural. Desde siempre me encantó escribir historias, aunque solo lo hiciera para mi entretenimiento personal. La novela nunca fue publicada, pero el hecho de disfrutar de la creatividad y de mi desarrollo como escritor me pareció asombroso. Como mencioné antes, otra de mis grandes pasiones era la música. Me transmite una cantidad de energía brutal. Además, me llamó mucho la atención el mundo de la producción urbana, la composición, la escenografía y la danza. Por lo tanto, me enfoqué en dar clases y aprendí a desenvolverme en estas actividades, y sobre todo en una que me hizo especial ilusión, tocar el piano.

Como último proyecto, decidí formarme a través de un máster de Psicología Criminal. Desde muy pequeño me encantaban los casos criminales y me pareció perfecto para aumentar mi campo de experiencia. Con todos los estudios realizados, se me abrieron muchísimas puertas y pude volver a Cádiz para trabajar, el lugar donde todo empezó y seguramente donde todo finalizará. No dejé de lado mis pasiones, sino que seguí reforzándolas. En aquel verano hice algo de lo que hacía tiempo ya me moría de ganas: viajar por el mundo. Pasé por Italia, Francia, Cuba, Japón y Grecia. En uno de estos lugares conocí a la persona que complementaría y decidiría compartir su vida con la mía.

Tras esto, formamos nuestra propia familia, sin dejar atrás la nuestra, que también formaría parte de este momento tan bonito para mí. El lugar donde quisimos culminar toda nuestra ilusión fue una casa en la playa. Decidimos comprar una casa espaciosa, pero no muy grande, con un bonito patio andaluz y una pequeña sala de cine. Aunque tuve que afrontar los problemas que me planteaba la vida, siempre lo hice con mis seres queridos, mis sobrinos, mi hermana, mi madre y todas las personas que me apoyaron en el proceso.

A pesar de todas las iniciativas, proyectos, planes y retos, algo de lo que no podemos escapar es el tiempo, y no tiene por qué ser algo malo. Los años fueron pasando y por fin tuve la esperada jubilación. En esta etapa me centré en ser feliz, en hacer lo que me apetecía y, por supuesto, pensando en los demás. Ahora el que daba los regalos el Día de Reyes era yo, el que preparaba los cumpleaños, el que organizaba los viajes, el que le daba dinero a los niños pequeños a escondidas de sus padres. Siempre intenté ser como mi abuela, una persona que admiré y que siempre velaba por la felicidad de la familia, ahora yo era el pilar.

Como dicta la ley de la vida, hasta los pilares más resistentes acaban derrumbándose. Esto no es malo, solo algo por lo que pasamos todos. La edad fue aumentando y mis fuerzas disminuyendo, hasta que, finalmente, rodeado de mis seres queridos, di mi último aliento, no sin antes despedirme de aquellas personas importantes que fueron mi combustible en este viaje. Mi final quedó reflejado en la misma sepultura donde descansan mi madre y mi hermana. Mejor dicho, no mi final, sino mi historia.

FIN

Comentarios

Entradas populares de este blog

El surrealismo en el quinto arte

La importancia de concienciarnos sobre los TCA

El reflejo que rechazamos